(Un Santo del Pueblo salido de la Universidad)
La cumbre andina legó a la nación y al mundo a José Gregorio Hernández Cisneros, sencillo y brillante ciudadano de recortado bigote y sombrero tirolés; de voz tranquila y firme. Prudente e impecable en su actuación, pero rígido al momento de impartir sus clases de medicina y a la hora de examinar a sus alumnos, siempre bajo el manto de la gallardía característica en los grandes hombres. Legó también la serranía trujillana a un católico practicante, cuya piedad y apego al mandato amoroso de servir, trascienden a todos los tiempos como vivo ejemplo de obediencia a los preceptos del Divino Maestro…
La figura de José Gregorio Hernández, nuestro beato, una de las más preclaras de la venezolanidad, se presenta en la conjunción entre ciencia y religión para dejarnos una lección perenne sobre el accionar del buen ciudadano, esto es, pasión por las cosas que hace desde el punto de vista del oficio y entrega incondicional al servicio de sus semejantes, por medio del apostolado y el imperecedero amor a los más necesitados.
De la Universidad de Caracas a la Cartuja de Farneta en Italia, José Gregorio Hernández, el fundador de los estudios de medicina experimental en Venezuela, poliglota y músico, supo mantener –tal vez por mandato divino-, esa armonía de equilibrio entre ciencia y fe; “fanático del microscopio y del escalpelo”, pero de oración daría y meditación prolongada, de entrega a los pobres y acendrado apego a la justicia social.
Es como bien lo define el ilustre académico y ex presidente de Venezuela, Rafael Caldera Rodríguez: “Un Santo del Pueblo, salido de la Universidad”, imagen inequívoca de un venezolano que se entregó a la ciencia y a la religión, y por esa dualidad sublime y, por sus grandes virtudes como ser humano, es que el Papa Francisco autoriza su culto en la Iglesia católica, para la gloria de Dios y para honra del pueblo venezolano.
Un crisol de ejemplos en piedad y ciencia, es mi concepto sobre el nuevo santo venezolano (y el primer trujillano hasta el momento) quien como hemos reseñado, además de practicar un invaluable servicio a los más pobres; auscultándolos, recetándolos y hasta llevarles los medicamentos, jugó un rol importantísimo en el adelanto científico en el país al convertirse en el fundador de los estudios de medicina experimental; “ lo que lo ubica como un científico por excelencia que celosamente concatenó armonía y equilibrio entre religión y ciencia, entrelazando estos elementos, con el signo permanente del apostolado, de la proyección social, de a entrega al servicio de la inmensa comunidad ayuna de justicia y esperanza”
Otro político e historiador trujillano, Pedro Pablo Aguilar Vásquez, al estudiar las virtudes del Santo de Isnotú, de Venezuela y del mundo, plantea que, “universidad y santidad, ciencia y fe, son supuestas antinomias creadas por malicioso prejuicio secular. Es el problema de las relaciones entre Dios y el mundo que se planteó Theilhard de Chardin, religioso jesuita, paleontólogo y filósofo francés. Para encontrar una solución a la antinomia se pretende recurrir a la supresión de un de los dos términos. El ateo niega la existencia de Dios y se consagra exclusivamente a la tarea terrena y algunas formas de misticismo conciben el mundo casi como inexistente, es decir, como una ilusión que impide al hombre darse enteramente a lo divino. La respuesta teilhardiana que fue la respuesta de José Gregorio Hernández, mantiene los términos Dios y Mundo en toda su realidad poniendo de manifiesto su íntima vinculación, su armónico equilibrio…”
Ahora bien, esa dualidad monolítica entre ciencia y fe aplicada por nuestro Santo, es un signo claro de servicio magistral; de enseñanzas y de dones, todo orientado a la justicia social, procurando siempre el bien común; un ser bueno, y “solo basta con una persona buena para que haya esperanza”, parafraseando al papa Bergoglio. Y así, hubo esperanza, en la ciencia y en la fe, pues José Gregorio Hernández es el modelo de esta conjunción que no solo trajo esperanza a la ciencia, sino que por décadas y para la posteridad, es la esperanza de los necesitados de salud y de alivio espiritual.
La vida de José Gregorio Hernández, además de austera fue sumamente organizada; de responsabilidad empeñada y cargada de elocuencia y bondad. En artículo firmado por el doctor Alberto Fernández y aparecido el 1 de julio de 1919 en el “Nuevo Diario” editado en Caracas, sobre la última clase del Dr. Hernández se da fe de esa empecinada responsabilidad y de la elocuencia de nuestro santo y científico. Cito: “el sábado 28, a las tres de la tarde, con su acostumbrada precisión cronométrica, entro el Dr. Hernández en el salón de clases de su cátedra. Terminaba la clase práctica a cargo del preparador. “La versión de bacteriología versó sobre el bacilus de Hansen. El maestro disertó sobre la morfología, coloración, cultivos, inoculaciones etc., del microbio de la lepra. Como siempre el maestro enseñó a sus discípulos la última palabra de la ciencia, y terminó su clase hablando rápidamente de las formas clínicas principales de la enfermedad. Anunció a los estudiantes cuál sería la clase próxima, dijo: en la lección de mañana hablaremos del coco-bacilus de Pfeiffer…”
No hubo mañana, pues el día siguiente en horas de la tarde, Hernández salió a la esquina de Cardones a atender a una enferma muy pobre, pero no pudo llegar porque fue atropellado por un vehículo cayéndose y golpeándose la cabeza contra el borde de la acera, sufriendo una fractura en el cráneo, y falleciendo minutos después en el hospital Vargas de la capital de Venezuela. “Traumatismo de cráneo en región parietal izquierda con fatal irradiación hacia la base”, dice el parte de su buen amigo y colega Luis Razetti.
“Medico eminente y cristiano. Por su ciencia fue sabio y por su virtud, justo”. Con estas frases José E. Machado inmortaliza a José Gregorio Hernández en el epitafio, que ganó mediante concurso público.
Su sepelio constituyó una de las más grandes manifestaciones ciudadanas acaecidas en Caracas, personas de todos los estratos sociales y sobre todo los más humildes, lloraron y acompañaron el cuerpo inerte del santo. De él dijo Razetti frente a su tumba: “Cuando Hernández muere no deja tras de sí ni una sola mancha, ni siquiera una sombra en el armiño eucarístico de su obra que fue excelsa, fecunda, honorable y patriótica, toda llena del más puro candor y de la inquebrantable fe”.
También, el insigne maestro, escritor y ex presidente de Venezuela, don Rómulo Gallegos dejó para la posteridad emotivas palabras para José Gregorio al referirse a su sepelio: “No era un muerto a quien se llevaban a enterrar; era un ideal humano que pasaba en triunfo, electrizándonos los corazones”…
Debemos insistir en que José Gregorio Hernández entregó su vida cumpliendo el mandato de su apostolado y amor a Dios; la entrego cumpliendo con su deber de hombre de ciencia y de apegado al mandato del Divino Maestro: “non posse ministrari, sed ministrare”, es decir no a ser servido, sino servir. Vínculo fraterno ciencia y religión: “Un Santo del Pueblo, salido de la Universidad”.
Ciencia y fe, dos elementos divinos que marcaron la vida del médico de los pobres, y por eso el pueblo lo proclamó santo desde el mismo momento de su muerte, pues la voz del pueblo es la voz de Dios, su servicio a la ciencia y a la humanidad fue sin límites, un servicio a Dios y a los hombres pues en su trabajo cotidiano se encontraba con los necesitados pero también con Cristo, acrecentando su santidad sirviendo precisamente, a Dios y a los hombres. Un ciudadano ya consagrado por su sobrado prestigio, tanto en la iglesia católica como en el pueblo, una persona de carne y hueso que se confundió entre los más pobres, que los amó, sufrió con ellos y que, además de enarbolar para la posteridad la bandera de la caridad y la justicia social, supo enlazar su experiencia científica y su entusiasmo religioso cumpliendo con los deberes de ciudadano y de cristiano, bajo la lumbre de la tolerancia, la fe y el amor. Su santidad fue también un ejercicio de ciencia.
“Puso su existencia al servicio de la vida, por eso era médico y por eso sanaba vidas. Creía y obraba en la plenitud de la existencia humana y su asistencia a la misa, la comunión frecuente, las oraciones y, en fin, lo religioso fortalecía en él esa plenitud y esa trascendencia. De allí que su espiritualidad estaba armoniosamente articulada a su actividad como científico, profesor y profesional de la medicina…”
Este preclaro hombre, como acertadamente lo ha dicho el notable historiador y paisano –Alí Medina Machado-, “es un valor de identidad trujillana, porque es usual entre nosotros nombrarlo, verlo, tratarlo como un poblador más…”, y no es para menos, José Gregorio quiso a su tierra, tanto así que una vez titulado de medico regresó a sus calles y campos a los diez años de su primera partida. “Entonces se proyectó a Betijoque, Valera, Boconó; después llegó hasta Mérida y el Táchira, atravesando por caminos increíbles las cumbres andinas que debían parecer infranqueables. Un año después salió para Europa, donde se hallaba cuando murió su padre; y casi veinte años más tarde, cuando apenas contaba 55 de existencia, súbitamente fue tronchado su camino por un accidente absurdo, cuando se hallaba en pleno ejercicio de la caridad”
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Y es que José Gregorio Hernández, también es historia, porque forma parte de la historia de Trujillo, de Venezuela y del mundo, por ser el fundador de los estudios de medicina experimental de la Universidad Central de Venezuela, primer profesor de la cátedra de histología normal y patología, fisiología experimental, y bacteriología (que lo convierten en padrede la medicina moderna en Venezuela). Hace historia además por sus grandes virtudes humanitarias, por su cercanía con los más necesitados, por sus dotes de piedad y santidad, por sus incontables milagros y desde luego, por ser el primer beato venezolano en su sexo… “Se nos dio como destino histórico, y crecientemente en la historia lo hemos ido adquiriendo como elemento modélico para todos los estratos sociales al unísono. Está en las personas que transitan y en las que permanecen en reposo; está en la calle y en las instituciones, está en los periódicos desde la misma tercera década del siglo XX. Y en todo este largo proceso e ideal de movilización social…”
Regocijo cargado de plenitud para los venezolanos, de manera especial para los trujillanos, quienes por muchas décadas tuvimos paciente confianza, esa gran esperanza de que la Iglesia Católica con su prudencia característica obrara y colocara en sitial tan anhelado al “Medico de los Pobres”, luego del milagro decisivo realizado con el permiso de la Divina Providencia a la niña Yaxuri Solórzano.
¿Cuántos milagros se mantuvieron en silencio? ¿Cuántos milagros no fueron informados a las autoridades eclesiásticas? El Espíritu Santo sopla donde quiere y a su tiempo nos dio la grata sorpresa. Lo importante de todo esto es que Venezuela, dentro del abanico de crisis que vive, mantiene la fe que por la intersección de José Gregorio Hernández, todo regrese a la normalidad.
José Gregorio Hernández, el trujillano, el venezolano virtuoso: “…un hombre cuya vida fue un libro ejemplar: un libro perfectamente nutrido en todas las páginas que hablaban de la ciencia y el bien; un libro cuyas páginas se mantuvieron impecablemente blancas en todo aquello que en la vida de los demás hombres ha podido significar algo de mal, algo de daño o algo negativo para sus semejantes y para las instituciones”
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No es casual entonces que nuestro paisano, poseedor de esas aquilatas virtudes y legador de una gran lección de vida, ocupe sitial tan encumbrado tanto en la ciencia como en la fe. Eminente médico y cristiano ejemplar que supo entrelazar su sabiduría científica con su entusiasmo religioso.
Jorge Briceño Carmona